Vivimos en los tiempos de los cabizbajos. No lo digo sólo porque la crisis económica haya provocado que las cosas no estén para tantas alegrías como en otros tiempos, sino también por esa manía compulsiva que tenemos de estar todo el rato mirando a la pantalla del móvil, que un día nos va a dar algún disgusto al cruzarnos con una farola. Es un "mundo notificación" en el que hemos pasado de sacar provecho de una herramienta, a someternos a ese mundo virtual, a depender de él. Una situación que se agrava cuando quedamos con alguien en persona, y seguimos más pendientes de la pantalla del smartphone que de lo que nos está diciendo quien tenemos enfrente. De disfrutar de la vida "real", al fin y al cabo. Pero no es esta una entrada sobre los teléfonos móviles.