La de tiempo que hace que no escribo. Lo reconozco: estoy algo desentrenado. El micrófono ha sustituído a los dedos el último año de mi vida. Pero nunca es tarde. El caso es que hoy, a horas de abandonar la veintena y estrenar la tercera década de mi vida, con menos pelo que hace 10 años, pero más experiencia y mejor persona (o eso creo) estoy aquí frente al ordenador escribiendo estas líneas bajo el directo título de esta entrada: "volar". La primera palabra que me ha venido a la mente por todas las vivencias que he experimentado últimamente, y quizá por ello la más acertada.
Por muy "activo" que pueda parecer en redes sociales (para qué quieres estar ahí si no es para compartir lo que te venga en gana con el mundo), no me gusta airear mis intimidades en público. Tampoco soy de ese tipo de personas que están constantemente quejándose de su vida en Facebook, Twitter, Whatsapp o Instagram, ni tan siquiera me gusta cargar a los más cercanos con los problemas que todos podemos tener. Lo cierto es que en los últimos meses ha habido acontecimientos en mi vida, experiencias y decisiones que han aparejado cambios a todos los niveles, y me han afectado, ya que de piedra desde luego que no soy. La gente suele tener miedo a los cambios, pero no es mi caso. Yo pienso que mejor el cambio que perpetuar una situación que no te va a conducir a nada; que te va a hacer infeliz. Puedes salir perdiendo, pero a largo plazo seguro que ganas con ello. Cambios ante los que un buen amigo, que parecía adivinaba mis necesidades e intenciones, me aconsejó vía "Whatsapp": sal de aquí. Cuando me lo dijo, estaba a horas de volar a Francia, para pasar una semana de vacaciones aprovechando que uno de mis mejores amigos vive en La Rochelle; una preciosa ciudad bañada por el Atlántico, cerca de Burdeos.
No era el mejor momento para hacerlo a nivel económico, ya que puedo decir en voz alta que aunque no paro de hacer cosas, colaborar en diversos proyectos y pensar iniciativas, sigo en búsqueda activa de empleo; de esa oportunidad "estable" que a buen seguro llegará. Pero sabía que me iba a ir bien desconectar aunque fuera por unos días, ver otras caras, otra cultura y otra formas de vivir, sin los prejuicios y la monotonía que solemos encontrar en nuestro lugar de residencia. Todo hay que decirlo: en nuestra querida Lorca cada vez hay menos que hacer. Me gusta la sinceridad, y pienso que dichas con respeto todas las opiniones son válidas.
Era la primera vez que volaba en solitario. Las anteriores fueron con mis respectivas parejas, y en el aeropuerto de Alicante tenía una mezcla de sensaciones entre nerviosismo y nostalgia, que pronto se convirtió en expectación e ilusión. Tan sólo había estado una vez fuera de España, y fue un viaje express a Londres de 3 noches-4 días. Esta vez iba a ser diferente, porque además la mayor parte de la estancia sería en casa de mi amigo Juanba, con el factor convivencia con otras tres personas como principal "atracción".
Tras 30 minutos de retraso, el "vueling" aterrizó cerca de las 3 de la tarde en el aeropuerto de París Orly. Todo perfecto. Me preguntaron si sabía inglés y me pusieron junto a la puerta de emergencia, encargado de abrirla en caso necesario. Por suerte no hizo falta, y disfruté de un palmo más de espacio, que cuando mides 1'85 m. se agradece. Desde allí tomaría un tranvía hacia el encuentro con mis amigos, pasando el fin de semana en la capital de Francia, y los siguientes días en La Rochelle. Si queréis una guía turística al uso, en Tripadvisor o"Los Viajeros" os explicarán mucho mejor que yo. No soy como todos y todas es@s bloggers que han surgido como churros, y que sin tener ni idea ni preparación para ello, lo mismo te dicen qué hacer con tu vida, que el maquillaje que te debes poner en primavera para realzar tus características faciales. Por cierto, que el mejor "maquillaje", por si no sabes, es una sonrisa ;)
Lo primero que me gusta hacer cuando voy en tranvía, -como el que he comentado de París-, metro, bus, o transporte que se precie, es mirar las caras de la gente. Cada una de esas personas que un sábado lo mismo que un lunes abarrotan el metro, y te adelantan a toda velocidad en las escaleras mecánicas, lleva una historia dentro. Y lo mejor de todo es que blancos, negros, chinos, franceses, españoles o americanos, tenemos más en común de lo que pensamos. Eso sí, nosotros no tenemos una Torre Eiffel. A nivel turístico fue lo que más me ha impresionado jamás. Ver esa imponente mole junto al Sena, y sentirte pequeñito, te deja sin palabras. En imágenes no se puede adivinar los sentimientos que produce. Por cierto, que llegué a París con 28 grados y un sol ardiente, y justo cuando estaba a los pies de la Torre empezó a caer un chaparrón de tres pares de narices. La escena fue bastante divertida, por un lado porque no llevábamos paraguas, y por otro al ver a todo el mundo corriendo hacia la estación del RER (una especie de metro-cercanías) más cercana. La lluvia duró lo justo del trayecto subterráneo, y no fue peor que la insistencia de un vendedor callejero de llaveros y réplicas en miniatura de la Torre Eiffel (hay miles) en el paseo posterior hacia el Museo del Louvre. La noche terminó con otra de esas experiencias novedosas que supuso para mí este viaje, aunque no te lo creas: dormir en una litera, en la cama superior. De esto que dices... como me caiga de aquí me voy a partir la crisma, y te ríes pero entre dientes, mientras en el otro lado tienes pegada la ventana. Y tienes que abrirla si no quieres asarte de calor. Era casi mejor opción dormir de pie junto a la ventana, y así admirar la parte superior de la Torre Eiffel que se vislumbraba desde la habitación del hostal.
Al día siguiente, domingo, madrugón con escasas horas de sueño, y las piernas que iban avisando que París no se ve en día y medio. Pero lo importante es que estábamos en París, una de las capitales del mundo, y las fuerzas salían de donde sea. Tras otra intensa jornada, a media tarde partimos hacia La Rochelle; ciudad de la que no tenía referencias. Si en el transporte público me gusta mirar las caras de la gente, cuando voy en coche y no conduzco, me encanta admirar el paisaje. El contraste con lo que mis ojos solían ver era enorme. Lo que por aquí son marrones, allí son verdes intensos. Lo que aquí es desierto, allí es bosque. Ponedme rock alternativo que el viaje se presta a ello.
Y en La Rochelle, 5 días totalmente distintos a París. Si tuviera que elegir un lugar para visitar, iría a París. Si fuera para vivir, sin duda que a La Rochelle. La "roquita" tiene una luz especial. Tiene el azul del mar que se mezcla con el del cielo, pero también tiene verdes, blancos, rojos. Tiene "buenos días" y buenas tardes. Una de las cosas que más me gustó es la educación de la gente. No debería sorprendernos, pero cuando te dicen "bonjour" con las ganas que lo hace la cajera del supermercado o el camarero de la cafetería, o un "bon soirée" para despedirse por la tarde-noche, la mente y el cuerpo lo agradecen. El hombre del kiosco donde suelo comprar el periódico en Lorca, hay veces que ni te mira siquiera, así que se entiende mi alegría por esa buena educación.
Como he dicho, La Rochelle tiene mar, pero no esperéis unas playas de arena como en el Mediterráneo, con sus 28 grados de temperatura del agua. La primera vez que pisé la playa, dejé la toalla y las chanclas, y me dispuse a bañarme. Conforme iba clavándome las mil y una piedras por centímetro cuadrado que había hasta la orilla, me acordaba de las chanclas, pero me acordé más aún cuando comprobé que nada más rozar el agua, bajo mis pies había rocas del tamaño de mi puño. En cuanto a la temperatura, el agua estaba fría. Estamos hablando del Atlántico y de una media de 25 grados al día en el verano, alternando sol con días grises y lluviosos. No aguantas mucho, pero aguantas. Te metes poco a poco mientras se van encogiendo todos los músculos del cuerpo, y te motivas pensando en aquel programa de "Saber Vivir" en el que decían que el agua fría es buena para la circulación. Pues nada, circulando.
Con el paso de los días, y al ritmo que el cuerpo se enfríaba en el mar, la mente iba avanzando con la información que transmitían los ojos, que no dejaban de admirar cuanto contemplaban a su alrededor, y sobre todo con la convivencia y el diálogo. Si algo he podido aprender de esta experiencia, es que existe una cualidad importante en la vida que se llama "adaptación".
No hay que tener prejuicios sobre nadie, hay que conocer a la gente hablando con ella, tener empatía e intentar colaborar, pero tampoco puedes dejar que nadie te fastidie el día porque esa persona no esté a gusto consigo misma, no se adapte y se instale en la queja y en hacer la contra en lo más nimio. Si bien yo no deseaba volver a casa por lo bien que me lo estaba pasando y lo mucho que estaba aprendiendo sobre mí y sobre los demás, durante esa semana tuve que convivir con una persona que no estaba en el mismo plan. Y creo que gracias a mí se dio cuenta que su actitud no beneficiaba al grupo, y sobre todo, a sí misma. Al final nos llevamos bien. La negatividad es como cerrar los ojos, no te deja ver a tu alrededor. Pero en un mundo en el que casi todo lo hacemos en sociedad, no saber convivir es casi aún peor. Por eso y aunque a veces hayas de ceder en tus pretensiones, lo importante es saber adaptarse. Al igual que los millones de células que componen nuestro cuerpo y comparten el mismo medio acuoso, las personas compartimos un mismo espacio que puede ser un hogar, una oficina o un vestuario. Lo principal es saber convivir, y para ello, has de abrir la mente. Y para ello, quizás necesites volar. Quizás, como dice Ismael Serrano, has de planear una huida. ¿Por qué no?

